El hombre rebelde
El hombre rebelde Se ejecutó a Sade en efigie; de igual modo que él no mató, más que en imaginación. Prometeo acaba en Onán. Terminará su vida, sin dejar de estar siempre preso, pero esta vez en un manicomio, representando obras en un tablado circunstancial, en medio de alucinados. La satisfacción que no le daba el orden del mundo se la proporcionaron, en un equivalente irrisorio, el sueño y la creación. El escritor, por supuesto, no tiene nada que negarse. Para él, al menos, se rompen los lÃmites y el deseo puede llegar hasta el fin. En esto Sade es el hombre de letras perfecto. Construyó una ficción para procurarse la ilusión de ser. Puso por encima de todo «el crimen moral al que se llega por escrito». Su mérito, indiscutible, estriba en haber ilustrado de una vez, con la clarividencia desdichada de una ira acumulada, las consecuencias extremas de una lógica en rebeldÃa, cuando ésta olvida al menos la verdad de sus orÃgenes. Estas consecuencias son la totalidad cerrada, el crimen universal, la aristocracia del cinismo y la voluntad de apocalipsis. Se encontrarán de nuevo muchos años después de él. Pero, habiéndolas saboreado, parece que se haya ahogado en sus propios estancamientos y que sólo se haya liberado en la literatura. Curiosamente, fue Sade quien orientó la rebeldÃa por los caminos del arte por los que el romanticismo la llevarÃa más lejos aún. Sade habrá sido uno de esos escritores de quienes dice que «su corrupción es tan peligrosa, tan activa, que no tienen por objeto al imprimir su horrible sistema sino extender más allá de sus vidas la totalidad de sus crÃmenes; ya no pueden cometer más, pero sus malditos escritos harán que se cometan, y esa dulce idea que se llevan a la tumba los consuela de la obligación en que los pone la muerte de renunciar a lo que es». Su obra en rebeldÃa atestigua asà su sed de supervivencia. Aunque la inmortalidad que anhela sea la de CaÃn, la anhela al menos, y declara a pesar suyo en favor de lo más cierto de la rebeldÃa metafÃsica.