El hombre rebelde
El hombre rebelde Es por eso por lo que la herencia del romanticismo no es aceptada por Hugo, par de Francia, sino por Baudelaire y Lacenaire, poetas del crimen. «Todo en este mundo transpira crimen —dice Baudelaire—, el periódico, el muro y la cara del hombre». Al menos que este crimen, ley del mundo, adquiera un rostro distinguido. Lacenaire, el más antiguo de los nobles criminales, se esfuerza efectivamente en ello; Baudelaire tiene menos rigor, pero sà genio. Creará el jardÃn del mal en el que el crimen no figurará sino como una especie menos frecuente que otras. El terror mismo se convertirá en fina sensación y objeto único. «No sólo me harÃa feliz ser vÃctima, sino que no detestarÃa ser verdugo para sentir la revolución de dos maneras». Hasta el conformismo huele a crimen en Baudelaire. Si eligió como maestro a Maistre, fue en la medida en que este conservador va hasta el final y centra su doctrina en torno a la muerte y al verdugo. «El verdadero santo —finge pensar Baudelaire— es el que vapulea y mata al pueblo por el bien del pueblo». Será escuchado. La raza de los verdaderos santos empieza a esparcirse por la tierra para consagrar esas curiosas conclusiones de la rebeldÃa. Pero Baudelaire, pese a su arsenal satánico, su afición a Sade, sus blasfemias, era demasiado teólogo para ser un verdadero rebelde. Su auténtico drama, que lo convirtió en el mayor poeta de su tiempo, residÃa en otra cosa. Baudelaire sólo puede recordarse aquà en la medida en que fue el teórico más profundo del dandismo y dio fórmulas definitivas a una de las conclusiones de la rebeldÃa romántica.