El hombre rebelde
El hombre rebelde Si el hombre en rebeldía romántico exalta el individuo y el mal, no toma partido por los hombres, sino tan sólo por sí mismo. El dandismo, sea el que sea, es siempre un dandismo en relación con Dios. El individuo, en tanto que criatura, sólo puede oponerse al creador. Tiene necesidad de Dios, con quien prosigue una especie de tenebrosa coquetería. Armand Hoog tiene razón cuando dice que, a pesar del clima nietzscheano de esas obras, Dios no está muerto aún en ellas[7]. La misma condenación, reivindicada a grito pelado, no es más que una jugarreta que se gasta a Dios. Con Dostoyevski, por el contrario, la descripción de la rebeldía va a dar un paso más. Iván Karamázov toma el partido de los hombres y carga el acento en su inocencia. Afirma que la pena de muerte que pesa sobre ellos es injusta. En su primer movimiento, al menos, lejos de abogar por el mal, aboga por la justicia, que sitúa por encima de la divinidad. No niega, pues, absolutamente la existencia de Dios. Lo refuta en nombre de un valor moral. La ambición del rebelde romántico era hablar con Dios de igual a igual. El mal responde entonces al mal, la soberbia a la crueldad. El ideal de Vigny es, por ejemplo, responder al silencio con el silencio. Sin duda, se trata con ello de alzarse al nivel de Dios, lo que ya es blasfemo. Pero no se piensa en discutir el poder, ni el lugar de la divinidad. Esta blasfemia es reverente ya que toda blasfemia, finalmente, es participación en lo sagrado.
