El mito de Sisifo
El mito de Sisifo ¿Cómo no iba a condenar la Iglesia semejante ejercicio en el actor? Repudiaba ella en este arte la multiplicación herética de las almas, la orgía de emociones, la pretensión escandalosa de un espíritu que se niega a no vivir más que un destino y se precipita en todas las intemperancias. Ella proscribía en ellos esa afición al presente y ese triunfo de Proteo que son la negación de todo lo que ella enseña. La eternidad no es un juego. Un espíritu lo bastante insensato como para preferir una comedia ya no puede salvarse. No hay compromiso entre el “en todas partes” y el “siempre”. De ahí que ese oficio tan despreciado pueda dar lugar a un conflicto espiritual desmesurado. “Lo que importa —dice Nietzsche— no es la vida eterna, sino la eterna vivacidad.” Todo el drama está, en efecto, en esta elección.