El primer hombre

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Y después del almuerzo cruzaron el pueblo, semejante a otros cientos de pueblos en toda la superficie del país, unos cientos de casitas del estilo burgués de fines del siglo XIX, distribuidas en varias calles cortadas en ángulo recto con grandes edificios como la cooperativa, la caja agrícola y la sala de fiestas, y todo ello convergiendo en el quiosco de música de estructura metálica, que parecía un tiovivo o una gran entrada de metro, y donde, durante años, el orfeón municipal o la fanfarria militar habían ofrecido conciertos los días de fiesta, mientras las parejas endomingadas daban vueltas alrededor, en el calor y el polvo, descascarando cacahuetes. También hoy era domingo, pero los servicios psicológicos del ejército habían instalado altavoces en el quiosco, la multitud era en su mayoría árabe, pero no daba vueltas alrededor de la plaza, estaba inmóvil y escuchaba la música árabe que alternaba con los discursos, y los franceses perdidos en la multitud se parecían todos, tenían el mismo aire sombrío y volcado hacia el futuro, como los que antaño habían llegado a Le Labrador, o los que habían aterrizado en otros lugares en las mismas condiciones, con los mismos sufrimientos, huyendo de la miseria o de la persecución, para encontrar el dolor y la piedra. Como los españoles de Mahón, de los que descendía la madre de Jacques, o aquellos alsacianos que en el 71 rechazaron el dominio alemán y optaron por Francia, y recibieron las tierras de los insurrectos del 71, muertos o prisioneros, refractarios que ocupaban el lugar todavía caliente de los rebeldes, perseguidos-perseguidores que habían engendrado a su padre, y cuarenta años más tarde, llegaba a esos lugares con el mismo aire sombrío y obstinado, enteramente vuelto hacia el futuro, como los que no aman su pasado y reniegan de él, emigrante también como todos los que vivían y habían vivido en aquellas tierras sin dejar huellas, salvo en las lápidas gastadas y verdosas de los pequeños cementerios coloniales semejantes al que, tras la partida de Veillard, Jacques había visitado con el viejo médico. De un lado, las construcciones nuevas y feas de la última moda funeraria, esa con abalorios abastecida en los mercadillos del rastro, en que ha ido a parar hoy el culto de los muertos. Del otro, entre los viejos cipreses, en los senderos cubiertos de agujas de pino y piñas de ciprés, o bien cerca de los muros húmedos, al pie de los cuales crecían las oxalídeas con sus flores amarillas, unas viejas losas que se confundían casi con la tierra y eran casi ilegibles.


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