El primer hombre
El primer hombre {123} El primero de octubre de ese año, cuando Jacques Cormery,{124} inseguro en sus zapatones nuevos, envarado en una camisa todavía rígida de apresto, acorazado en una cartera que olía a hule y a cuero, vio al wattman, a cuyo lado se instalaban Pierre y él en la delantera de la automotora, que ponía la palanca en la primera velocidad y el pesado vehículo partía de la parada de Belcourt, y se volvió para tratar de distinguir a unos metros de distancia a su madre y su abuela, todavía asomadas a la ventana para acompañarlo un poco más en esa primera partida hacia el misterioso liceo, pero no pudo verlas porque su vecino leía las páginas interiores de La Dépêche Algérienne. Entonces miró delante de él los rieles de acero que la automotora tragaba regularmente y, sobre ellos, los cables eléctricos vibrando en la mañana fresca, volviendo la espalda, con el alma embargada, a la casa, al viejo barrio del que nunca se había apartado realmente salvo en raras expediciones (se decía «ir a Argel» cuando se iba al centro), rodando cada vez a mayor velocidad y a pesar del hombro fraterno de Pierre pegado al suyo, con un sentimiento de soledad inquieta inspirado por un mundo desconocido donde no sabía cómo tendría que comportarse.
