El primer hombre

El primer hombre

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El gallinero y la gallina degollada

Esa angustia frente a lo desconocido y frente a la muerte que sentía siempre al volver del liceo a su casa iba invadiendo su ánimo al final del día con la misma velocidad con que la oscuridad devoraba rápidamente la luz y la tierra, y sólo cesaba en el momento en que la abuela encendía la lámpara de petróleo, poniendo el tubo sobre el hule, empinándose un poco sobre las puntas de los pies, con los muslos apoyados en el borde de la mesa, el cuerpo inclinado hacia adelante, la cabeza torcida para ver mejor el pico de la lámpara por debajo de la pantalla, una mano en la ruedecilla de cobre que regulaba la mecha, raspándola con la otra por medio de un fósforo encendido hasta que dejara de carbonizarse y diera una buena llama clara, y la abuela volvía a poner el tubo que chirriaba un poco contra las muescas recortadas del aro de cobre donde se encajaba, volvía a regular la mecha hasta que la luz amarilla, cálida, trazaba sobre la mesa un gran círculo perfecto, iluminando con una luz más suave, como reflejada por el hule, el rostro de la mujer y el del niño, que desde el otro lado de la mesa asistía a la ceremonia, y su corazón se dilataba lentamente a medida que subía la luz.



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