El primer hombre

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Para Pierre y Jacques, que erraban por las calles secas, con sus alpargatas agujereadas, un pobre pantalón y una camiseta de algodón de escote redondo, las vacaciones eran ante todo calor. Las últimas lluvias databan, como mínimo, de abril o mayo. Durante semanas y meses, el sol, cada vez más fijo, cada vez más caliente, secaba, resecaba y calcinaba las paredes, trituraba los revoques, las piedras y las tejas, reduciéndolos a un polvo fino que, llevado por el viento, cubría las calles, los escaparates y las hojas de todos los árboles. En julio el barrio entero se convertía en una especie de laberinto gris y amarillo,{166} desierto de día, con todas las persianas de todas las casas herméticamente cerradas, y en lo alto el sol reinaba ferozmente, abatiendo a los perros y los gatos en los umbrales de las casas, obligando a los seres vivientes a caminar pegados a las paredes para librarse de él. En agosto el sol desaparecía bajo la pesada estopa de un cielo gris de calor, pesado, húmedo, del que bajaba una luz difuminada, blanquecina y agotadora para los ojos, que apagaba en las calles las últimas huellas del color. En las fábricas de toneles los martillos resonaban con más blandura y los obreros se interrumpían a veces para poner la cabeza y el torso cubiertos de sudor bajo el chorro de agua fresca de la bomba.{167} En los apartamentos, las botellas de agua y las de vino, más raras, se envolvían en trapos mojados. La abuela de Jacques trabajaba por la mañana y circulaba descalza por las habitaciones en penumbra, vestida con una simple camisa, agitando mecánicamente el abanico de paja, arrastrando a Jacques a la cama a la hora de la siesta y esperando el primer fresco de la noche para volver a sus tareas. Durante semanas el verano y sus súbditos se arrastraban bajo el cielo pesado, húmedo y tórrido, hasta olvidar incluso el recuerdo de la frescura y el agua del invierno,(168) como si el mundo nunca hubiera conocido ni el viento, ni la nieve, ni el agua ligera, y como si desde la creación hasta ese día de septiembre no hubiera sido más que ese enorme mineral seco y perforado de galerías recalentadas donde se movían lentamente, un poco extraviados, la mirada fija, unos seres cubiertos de polvo y de sudor. Y de pronto el cielo, contraído sobre sí mismo hasta la máxima tensión, se partía en dos. La primera lluvia de septiembre, violenta, generosa, inundaba la ciudad. Todas las calles del barrio empezaban a brillar, así como las hojas barnizadas de los ficus o los rieles del tranvía. Pasando por encima de las colinas que dominaban la ciudad llegaba de los campos lejanos un olor de tierra mojada que traía a los prisioneros del verano un mensaje de espacio y de libertad. Entonces los niños se arrojaban a la calle, corrían bajo la lluvia con sus ropas ligeras y chapaleaban dichosos en el agua que fluía a borbotones por la cuneta, formaban corros en los grandes charcos, cogiéndose de los hombros, las caras llenas de gritos y de risas, recibiendo la lluvia incesante, chapoteando rítmicamente en el agua sucia de la nueva vendimia, más embriagadora que el vino.


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