El primer hombre

El primer hombre

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Mentir para tener el derecho de no tomarse vacaciones, trabajar lejos del cielo, del verano y del mar, que amaba tanto, y mentir otra vez para tener el derecho de volver al liceo, esta injusticia le atenazaba el corazón hasta matarlo. Pero lo peor no eran esas mentiras, que en definitiva era incapaz de decir, siempre dispuesto a mentir por gusto e incapaz de someterse a mentir por necesidad, lo peor eran esas alegrías perdidas, ese descanso de la estación y de la luz que le era arrebatado, y así el año se reducía a levantarse precipitadamente y a unos días descoloridos y apresurados. Lo que tenía de magnífico su vida de pobre, las riquezas insustituibles de que gozaba tan generosa y ávidamente, había que perderlo para ganar un poco de dinero que no bastaría para comprar la milésima parte de esos tesoros. Y, sin embargo, comprendía que era preciso hacerlo y además algo en él, en el momento de la mayor rebeldía, se enorgullecía de haberlo hecho. Pues la única compensación para esos seres sacrificados a la miseria de la mentira la había encontrado el día de su primera paga, cuando, al entrar en el comedor donde estaban su abuela mondando patatas que iba arrojando en un barreño con agua, el tío Ernest, sentado, con el paciente Brillant sujeto entre las piernas y espulgándolo, y su madre, que acababa de llegar y deshacía en una punta del aparador un pequeño lío de ropa sucia que le habían dado para lavar, Jacques se acercó a la mesa y depositó, sin decir nada, el billete de cien francos y las monedas que había llevado en la mano durante todo el trayecto. Sin una palabra, la abuela apartó una moneda de veinte francos para Jacques y recogió el resto. Con la mano tocó a Catherine Cormery para llamarle la atención y le mostró el dinero:


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