El primer hombre

El primer hombre

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Sí, era un hombre, pagaba un poco de lo que debía, y la idea de haber disminuido en algo la miseria de aquella casa lo llenaba de ese orgullo casi maligno que se adueña de los hombres cuando empiezan a sentirse libres y no sometidos a nada. Y, en efecto, al nuevo inicio de las clases, cuando entró en el patio de quinto, ya no era el niño desorientado que, cuatro años antes, había salido de Belcourt por la mañana temprano, inseguro en sus zapatos claveteados, con el alma en un hilo ante la idea del mundo desconocido que lo aguardaba, y los ojos con que miraba a sus compañeros habían perdido algo de su inocencia. Por lo demás, muchas cosas empezaban a separarlo del niño que había sido. Y si un día él, que hasta entonces había aceptado pacientemente que su abuela le pegara, como si eso formase parte de las obligaciones inevitables de la infancia, le arrancó el vergajo de las manos, súbitamente enloquecido de violencia y de rabia y decidido a golpear la cabeza blanca cuyos ojos claros y fríos lo ponían fuera de sí, y la abuela comprendió, retrocedió y fue a encerrarse en su cuarto, quejándose de la desgracia de haber criado a niños desnaturalizados, pero convencida de que nunca más castigaría a Jacques, a quien nunca más en efecto volvió a castigar, fue porque el niño había muerto en aquel adolescente flaco y musculoso, de pelo revuelto y mirada exaltada, que había trabajado todo el verano para llevar un sueldo a casa, acababa de ser designado portero titular del equipo del liceo y, tres días antes, había gustado por primera vez, desfalleciente, la boca de una muchacha.


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