El primer hombre

El primer hombre

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Saint Brieuc

{11} Cuarenta años más tarde, un hombre, en el pasillo del tren de Saint-Brieuc, miraba desfilar con desaprobación, bajo el pálido sol de una tarde de primavera, aquel país estrecho y chato, cubierto de pueblos y de casas feas que se extiende desde París hasta la Mancha. Los prados y los campos de una tierra cultivada durante siglos hasta el último metro cuadrado se sucedían ante sus ojos. La cabeza descubierta, el pelo cortado al rape, la cara larga y los rasgos finos, de buena estatura, la mirada azul y directa, el hombre, pese a la cuarentena, aún se veía delgado bajo su impermeable. Con las manos sólidamente apoyadas en la barra, el cuerpo descansando sobre una sola cadera, el pecho dilatado, daba una impresión de soltura y de energía. El tren aminoraba la marcha en ese momento y terminó por detenerse en una pequeña estación miserable. Al cabo de un rato una joven bastante elegante pasó por la portezuela donde se encontraba el hombre. Se detuvo para pasar la maleta de una mano a la otra y entonces vio al viajero. Éste la miraba sonriendo, y ella no pudo dejar de sonreír también. El hombre bajó el cristal, pero el tren ya partía. «Lástima», dijo. La joven seguía sonriéndole.



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