El primer hombre
El primer hombre Esa noche, durante la cena, J.C. miraba a su viejo amigo acometer con una especie de avidez inquieta la segunda tajada de pierna de cordero; el viento que se había levantado gruñía suavemente alrededor de la casita en un barrio próximo al camino de las playas. Al llegar, J.C. había observado en la cuneta seca, al borde de la acera, fragmentos de algas secas que, con el olor de la sal, evocaban por sí solas la cercanía del mar. Victor Malan, después de hacer toda su carrera en la administración de aduanas, se había jubilado en esa pequeña ciudad que no había escogido, pero cuya elección justificaba a posteriori diciendo que nada lo distraía allí de la meditación solitaria, ni el exceso de belleza, ni el de fealdad, ni la soledad misma. La administración de las cosas y la dirección de los hombres le habían enseñado mucho, pero sobre todo, al parecer, que sabía poco. Sin embargo, su cultura era inmensa y J.C. lo admiraba sin reservas, porque Malan, en tiempos en que los hombres superiores son tan adocenados, era el único que tenía un pensamiento personal, en la medida en que es posible tenerlo, y en todo caso, bajo una apariencia falsamente conciliadora, una libertad de juicio que coincidía con la originalidad más irreductible.
