El primer hombre

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Los juegos del niño[20]

Un oleaje ligero y breve empujaba el barco en el calor de julio. Jacques Cormery, tendido en su camarote, semidesnudo, veía bailar en los bordes de cobre del ojo de buey los reflejos del sol desmenuzado en el mar. Se levantó de un salto para detener el ventilador que secaba el sudor en sus poros antes de que empezara a deslizarse por el torso, era preferible transpirar, y se dejó caer en la litera dura y estrecha, tal como le gustaba que fueran las camas. De inmediato, de las profundidades del barco, el ruido sordo de las máquinas subió con vibraciones amortiguadas como un enorme ejército que emprendiera la marcha. Le gustaba también ese ruido de los grandes transatlánticos, noche y día, y la sensación de andar sobre un volcán mientras, alrededor, el mar inmenso ofrecía a la mirada sus superficies libres. Pero hacía demasiado calor en el puente; después del almuerzo, algunos pasajeros, atontados por la digestión, se desplomaban sobre las tumbonas del puente cubierto o se escapaban a la crujía a la hora de la siesta. A Jacques no le gustaba dormir por la tarde. «A benidor», pensaba con rencor y era la extraña expresión de su abuela cuando de niño, en Argel, lo obligaba a dormir la siesta con ella. Las tres habitaciones del pequeño apartamento suburbano estaban sumidas en la sombra rayada de las persianas cuidadosamente cerradas.{21} El calor cocinaba afuera las calles secas y polvorientas y, en la penumbra de las habitaciones, una o dos moscas enérgicas buscaban infatigablemente una salida con un zumbido de avión. Hacía demasiado calor para bajar a la calle y juntarse con sus camaradas, también retenidos a la fuerza en sus casas. Hacía demasiado calor para leer los Pardaillan o L'Intrépide.{22} Cuando la abuela, por excepción, estaba ausente o charlaba con la vecina, el niño aplastaba la nariz contra las persianas del comedor, que daban a la calle. La calzada estaba desierta. La zapatería y la mercería de enfrente habían bajado los toldos de lona roja y amarilla, una cortina de cuentas multicolores disimulaba la entrada del estanco, y en el café de Jean no había un alma, con excepción del gato que dormía, como si estuviera muerto, en la frontera entre el suelo cubierto de serrín y la acera polvorienta. El niño se volvía entonces hacia la habitación casi desnuda, encalada, con una mesa cuadrada en el centro, pegados a las paredes un aparador y un pequeño escritorio lleno de cicatrices y manchas de tinta, y directamente en el suelo, un colchoncito cubierto con una manta, en la que, al caer la noche, dormía el tío casi mudo, y cinco sillas.{23} En un rincón, sobre una chimenea en que lo único de mármol era una repisa, había un florerito de cuello esbelto decorado con flores, como se ven en las ferias. El niño, preso entre los dos desiertos de la sombra y del sol, giraba sin cesar alrededor de la mesa, con el mismo paso precipitado, repitiendo como una letanía: «¡Me aburro! ¡Me aburro!». Se aburría, pero también había un juego, una alegría, una especie de goce en ese aburrimiento, pues la furia lo asaltaba al oír el «A benidor» de la abuela, por fin de vuelta. Eran protestas inútiles. La abuela, que había criado a nueve hijos en su pueblo, tenía sus propias ideas sobre la educación. De un empellón el niño entraba en el dormitorio. Era una de las dos habitaciones que daban al patio. En la otra había dos camas, la de su madre y la que compartían él y su hermano. La abuela tenía derecho a un cuarto para ella sola, pero en su alta y gran cama de madera, acogía a Jacques en algunas ocasiones por la noche, y todos los días a la hora de la siesta. El niño se quitaba las sandalias y se encaramaba a la cama. Su lugar era el fondo, contra la pared, desde el día en que se había deslizado al suelo mientras la abuela dormía, y reanudó su ronda alrededor de la mesa murmurando su letanía. Desde su sitio, en el fondo, veía cómo su abuela se quitaba el vestido y bajaba la camisa de grueso lino, desanudando la cinta que la sujetaba al escote. Después subía ella también a la cama y el niño sentía cerca el olor de carne añosa, miraba las abultadas venas azules y las manchas de vejez que deformaban los pies de su abuela. «Ale», repetía ésta. «A benidor», y se dormía en seguida, mientras el niño, con los ojos abiertos, seguía el ir y venir de las moscas infatigables.


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