El primer hombre
El primer hombre La estrechaba entre sus brazos, en el umbral mismo de la puerta, todavía sofocado por haber subido la escalera de cuatro en cuatro, con un solo impulso infalible, sin errar un escalón, como si su cuerpo conservara siempre la memoria exacta de la altura de los peldaños. Al bajar del taxi, en la calle tan animada ya, todavía brillando en algunos sitios el agua de riego de la mañana{36} que con el calor incipiente empezaba a disiparse en vapor, la había visto, en el mismo lugar de antes, en el estrecho y único balcón del apartamento, entre los dos cuartos, encima de la marquesina del peluquero —que ya no era el padre de Jean y de Joseph, muerto de tuberculosis, «es el trabajo», decía su mujer, «siempre respirando pelos»— revestida de zinc, con su eterno cargamento de bayas de ficus, papelitos arrugados y viejas colillas. Estaba allí, el pelo siempre abundante pero blanco desde hacía tiempo, todavía erguida a pesar de sus setenta y dos años, se le hubieran echado diez menos por su extrema delgadez y su vigor todavía visible, como ocurría con toda la familia, tribu de flacos de aire indolente pero de energía infatigable en quienes la vejez no parecía hacer mella. A los cincuenta años el tío Émile,[37] semimudo, parecía un muchacho. La abuela había muerto sin doblar la cabeza. Y en cuanto a su madre, hacia la que corría ahora, era como si nada pudiese contra su suave tenacidad, decenas de años de un trabajo agotador habían respetado en ella a la joven que el niño Cormery no tenía ojos suficientes para admirar.
