El primer hombre
El primer hombre —¡Ah! —le dijo su madre—, estoy contenta cuando estás aquÃ.{52} Pero ven por la noche, me aburro menos. De noche, sobre todo en invierno, oscurece pronto. Si por lo menos supiera leer. Tampoco puedo tejer cuando hay luz, me duelen los ojos. Entonces, si Étienne no está, me acuesto y espero la hora de la comida. Dos horas asà se hacen largas. Si las niñas estuvieran conmigo, hablarÃa con ellas. Pero vienen y se van. Soy demasiado vieja. Tal vez huelo mal. Y asÃ, completamente sola…
Hablaba de un tirón, con cortas frases sencillas que se sucedÃan como si vaciara su pensamiento hasta ese momento silencioso. Y agotado ese pensamiento, callaba de nuevo, con la boca apretada, la mirada dulce y apagada, mirando a través de las persianas cerradas del comedor la luz sofocante que subÃa de la calle, siempre en el mismo lugar, en la misma silla incómoda, y su hijo daba vueltas como en otros tiempos alrededor de la mesa central.{53}
Lo mira de nuevo dar vueltas.{54}
—Es bonito Solferino.
—SÃ, es limpio. Pero ha debido de cambiar desde la última vez que lo viste.
—SÃ, ha cambiado.
—El doctor te manda saludos. ¿Te acuerdas de él?
—No, hace tanto tiempo.
