El primer hombre
El primer hombre En una segunda banqueta, encajada entre la primera y un amontonamiento de muebles y baúles viejos, una mujer pobremente vestida pero envuelta en un gran chal de lana gruesa, le sonrió débilmente.
—SÃ, sà —dijo con un leve gesto de disculpa.
Un niño de cuatro años dormÃa apoyado en ella. La mujer tenÃa una cara suave y regular, un pelo de española bien ondulado y negro, la nariz pequeña, una bella y cálida mirada color castaño. Pero habÃa algo llamativo en esa cara. No era sólo una suerte de máscara que el cansancio o cualquier cosa por el estilo grabara en ese momento en sus rasgos, no, era más bien un aire de ausencia y de dulce distracción, como el que muestran perpetuamente algunos inocentes, pero que aquà asomaba fugazmente en la belleza de sus facciones. A la bondad tan evidente de la mirada se unÃa también a veces un destello de temor irracional que se apagaba de inmediato. Con la palma de la mano estropeada ya por el trabajo y un poco nudosa en las articulaciones, daba unos golpecitos ligeros en la espalda de su marido:
—Todo bien, todo bien —decÃa. Y en seguida dejaba de sonreÃr para mirar, por debajo de la capota, el camino en el que ya empezaban a brillar los charcos.
El hombre se volvió hacia el árabe plácido con su turbante de cordones amarillos, el cuerpo abultado por unos grandes calzones de fundillos amplios, ajustados por encima de la pantorrilla.
