El primer hombre
El primer hombre Era ella la que compraba las ropas de los niños. La madre de Jacques volvía tarde por la noche y se contentaba con mirar y escuchar lo que se decía, superada por la vitalidad de la abuela, en cuyas manos lo abandonaba todo. Así fue como Jacques, durante toda su infancia, tuvo que llevar impermeables demasiado largos, pues la abuela los compraba para que durasen y contaba con la naturaleza para que la talla del niño se pusiera a la par de la del impermeable. Pero Jacques crecía lentamente y sólo se decidió a hacerlo de verdad hacia los quince años, con lo que la ropa se gastó antes de ajustarse. Siguiendo los mismos principios de economía, le compraban otra y Jacques, cuyos camaradas se burlaban de la vestimenta que llevaba, no tenía otro recurso que ablusarse el impermeable a la cintura para hacer original lo que era ridículo. Por lo demás, esa fugaz vergüenza quedaba rápidamente olvidada en clase, donde Jacques volvía a recuperar su ventaja, y en el patio de juegos, donde era el rey del fútbol. Pero ese reino le estaba vedado. Porque el patio era de cemento y las suelas se gastaban con tanta rapidez que la abuela le había prohibido jugar al fútbol durante los recreos. Ella misma compraba para sus nietos unos sólidos y pesados zapatos cerrados que esperaba inmortales. En todo caso, para aumentar su longevidad, hacía poner en las suelas unos enormes clavos cónicos que presentaban una doble ventaja: era necesario gastarlos antes de gastar la suela y permitían verificar las infracciones a la prohibición de jugar. En efecto, las corridas en el suelo de cemento los gastaban rápidamente y les daban un pulido cuya frescura delataba al culpable. Todas las noches, al volver a su casa, Jacques debía entrar en la cocina donde Casandra oficiaba entre las negras marmitas, y con la rodilla doblada, la suela al aire, en la postura del caballo al que están herrando, tenía que mostrar las suelas. Naturalmente, no podía resistir a las llamadas de sus compañeros ni a la atracción de su juego favorito, y ponía toda su atención, no al ejercicio de una virtud imposible, sino en el disimulo de la falta. Así es como pasaba largos ratos, al salir de la escuela y más tarde del liceo, frotando las suelas en la tierra mojada. A veces la triquiñuela daba resultado. Pero llegaba el momento en que el desgaste de los clavos era escandaloso, en que la suela misma estaba gastada e incluso, última de las catástrofes, como consecuencia de un puntapié torpe contra el suelo o contra la verja que protegía los árboles, se separaba del empeine y Jacques llegaba entonces a casa con el zapato atado con un cordel para mantener la boca cerrada. Esas noches eran las del vergajo. A Jacques, que lloraba, su madre le decía por todo consuelo: «Es verdad que son caros. ¿Por qué no tienes cuidado?». Pero ella misma jamás tocaba a sus hijos. Al día siguiente le ponían a Jacques unas alpargatas y los zapatos iban al remendón. Los recuperaba dos o tres días después florecidos de clavos nuevos, y tenía que aprender otra vez a mantener el equilibrio sobre las suelas resbaladizas e inestables.