El primer hombre

El primer hombre

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Étienne

En cierto sentido, estaba menos metida en la vida que su hermano Ernest,[63] que vivía con ellos, pese a que éste era totalmente sordo y se expresaba tanto con onomatopeyas y con gestos como con el centenar de palabras de que disponía. Pero Ernest, que de pequeño no había podido trabajar, había frecuentado vagamente una escuela y aprendido a descifrar las letras. Ernest iba a veces al cine y volvía con relatos pasmosos para quienes ya habían visto la película, pues la riqueza de su imaginación compensaba sus ignorancias. Por lo demás, sutil y astuto, una suerte de inteligencia instintiva le permitía orientarse en un mundo y a través de personas que para él guardaban obstinado silencio. La misma inteligencia le permitía sumirse cada día en el periódico y descifrar los titulares, lo que le daba por lo menos una idea de los problemas del mundo.

—Hitler —decía por ejemplo a Jacques cuando éste llegó a la edad adulta— no es bueno, ¿eh?

No, no era bueno.

—Esos alemanes, siempre los mismos —añadía el tío.

No, no era así.

—Sí, ya sé que los hay buenos —admitía el tío—. Pero Hitler no es bueno —e inmediatamente podía más su gusto por las bromas—: Lévy —era el mercero de enfrente— tiene miedo. —Y soltaba una carcajada.


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