El primer hombre

El primer hombre

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Dócil, el tío daba la vuelta, respiraba un poco y echaba a nadar con la misma seguridad que tenía en tierra firme. En la playa, jadeando apenas, frotaba a Jacques enérgicamente, entre grandes carcajadas, después se volvía para orinar con brío, siempre riendo y felicitándose del buen funcionamiento de su vejiga, golpeándose el vientre con los «Bueno, bueno» que acompañaban todas sus sensaciones agradables, entre las cuales no establecía diferencias, fuesen de excreción o de nutrición, insistiendo igualmente y con la misma inocencia en el placer que le procuraban, y constantemente deseoso de compartir ese placer con su prójimo, lo que provocaba en la mesa las protestas de la abuela, que admitía que se hablara de esas cosas e incluso lo hacía ella misma, pero «no en la mesa», como decía, aunque tolerase el número de la sandía, fruta con una sólida reputación de diurético, que Ernest adoraba y cuya ingestión empezaba con risas, pícaras guiñadas dirigidas a la abuela, variados ruidos de aspiración, regurgitación y blanda masticación, y después de las primeras mordidas directas de la tajada, toda una mímica en que la mano indicaba varias veces el trayecto que la hermosa fruta rosada y blanca recorrería desde la boca hasta el sexo, mientras la cara exhibía un regocijo expresado con muecas, revuelo de ojos acompañados de «Bueno, bueno. Lava. Bueno, bueno» que resultaban irresistibles y hacían estallar en carcajadas a todo el mundo. La misma inocencia adánica lo llevaba a prestar una importancia desproporcionada a una cantidad de males fugaces de los que se quejaba, frunciendo el entrecejo, la mirada vuelta hacia adentro, como si escrutara la noche misteriosa de sus órganos. Declaraba padecer de una «punzada» de variada ubicación, de tener una «bola» que se paseaba por todas partes. Más tarde, cuando Jacques ya frecuentaba el liceo, convencido de que la ciencia es una sola y la misma para todos, lo interrogaba, señalándole el hueco de los riñones. «Aquí, me tira», decía. «¿Es malo?» No, no era nada. Y se iba aliviado, bajaba la escalera con un pasito rápido y se reunía con sus compañeros en los cafés del barrio, con sus muebles de madera y el mostrador de zinc, que olían a anisete y serrín, y donde Jacques tenía que ir a buscarlo a la hora de la cena. Era no poco sorprendente para el niño encontrar entonces al sordomudo, en el mostrador, rodeado en círculo por sus camaradas y discurriendo hasta quedar sin aliento en medio de risas generales que no eran de burla, pues Ernest era adorado por sus camaradas debido a su buen humor y su generosidad.{65}{66}{67}{68}


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