El verano
El verano De ese modo, yo que no poseo nada, que he dado mi fortuna, que acampo cerca de todas mis casas, me siento, sin embargo, saciado cuando quiero, aparejo continuamente, la desesperación me ignora. No hay patria para el desesperado, y yo sé que el mar me precede y me sigue, tengo una locura preparada. Los que se aman y tienen que separarse pueden vivir en el dolor, pero eso no es la desesperación: saben que el amor existe. Por eso sufro, con los ojos secos, el exilio. Aún espero. Llega un día, por fin…
Los pies desnudos de los marineros golpean suavemente el puente. Partimos al amanecer. Desde que salimos del puerto, un viento corto y fuerte barre vigorosamente el mar que se revuelve en pequeñas olas sin espuma. Un poco más tarde, refresca el viento y siembra el agua de camelias que desaparecen enseguida. De ese modo, durante toda la mañana, nuestras velas restallan por encima de un gozoso vivero. Las aguas son pesadas, forman escamas, se cubren de frescas babas. De vez en cuando, las olas ladran a la roda; una amarga y untuosa espuma, saliva de los dioses, resbala a lo largo de la madera hasta el agua, donde se esparce en dibujos que mueren y renacen, pelaje de una vaca azul y blanca, animal engañoso, que sigue derivando durante largo tiempo detrás de nuestra estela.