El verano

El verano

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Se ha levantado la luna. Al principio ilumina tenuemente la superficie de las aguas, sube un poco más, escribe sobre el agua flexible. Al fin en su cénit, alumbra todo un pasillo de mar, rico río de leche, que, con el movimiento del barco, baja hacia nosotros, inagotablemente, en el océano oscuro. Ahí está la noche tibia, la noche fresca a la que yo llamaba entre las luces estruendosas, el alcohol, el tumulto del deseo.

Navegamos por espacios tan vastos, que nos parece que nunca habremos de llegar al final. Sol y luna suben y bajan alternativamente, en el mismo hilo de luz y de noche. Días en el mar, todos iguales, como la felicidad…

Esta vida rebelde al olvido, rebelde al recuerdo, de la que habla Stevenson.

El alba. Cortamos el Cáncer en perpendicular, las aguas gimen y se convulsionan. El día se levanta sobre un mar agitado por las olas, lleno de lentejuelas de acero. El cielo está blanco de bruma y calor, con un destello muerto pero insoportable, como si el sol se hubiera licuado en el espesor de las nubes en toda la extensión de la bóveda celeste. Cielo enfermo por encima de un mar descompuesto. A medida que la hora avanza, crece el calor en el aire lívido. A lo largo de todo el día, la roda levanta nubes de peces voladores —pequeños pájaros de hierro— de sus matorrales de olas.


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