El verano
El verano Las maravillas así obtenidas se exhiben a continuación ante los expertos. Para apreciar esos placeres que se obtienen en el bulevar, conviene asistir a los bailes juveniles de disfraces que se celebran todas las tardes en las grandes arterias de la ciudad. En efecto, entre los dieciséis y los veinte años, los jóvenes oraneses de la «Sociedad» le copian sus modelos de elegancia al cine americano y se disfrazan antes de irse a cenar. Con el pelo ondulado y engominado, que se escapa de un sombrero de fieltro inclinado sobre la oreja izquierda y levantado encima del ojo derecho, con la garganta rodeada por un cuello de camisa suficientemente grande como para tapar lo que deja libre el pelo, con el microscópico nudo de la corbata sujeto por el alfiler de rigor, la chaqueta hasta medio muslo y entallada muy cerca de las caderas, con el pantalón claro y corto, y los zapatos deslumbrantes sobre su triple suela, esa juventud hace sonar cada tarde sobre las aceras su imperturbable aplomo y las chapas de sus zapatos. Se aplica en imitar del todo la facha y la superioridad del Sr. Clark Gable. Por eso, los espíritus críticos de la ciudad llaman normalmente a estos jovencitos, gracias a una poco cuidadosa pronunciación, los «Clares».