El verano
El verano El desierto tiene algo de implacable. El cielo mineral, de Oran, sus calles y sus árboles en su envoltorio de polvo, todo contribuye a crear ese universo espeso e impasible donde el corazón y el espíritu no se distraen nunca de sí mismos, ni de su único objeto, que es el hombre. Hablo aquí de retiros difíciles. Se escriben libros acerca de Florencia o de Atenas. Esas ciudades han formado tantos espíritus europeos que es necesario que tengan un sentido. Tienen con qué enternecer o exaltar. Sacian cierta hambre del alma cuyo alimento es el recuerdo. Pero ¿cómo enternecerse con una ciudad en la que nada solicita al espíritu, donde incluso la fealdad es anónima, donde el pasado ha sido reducido a nada? El vacío, el aburrimiento, un cielo indiferente, ¿cuáles son las seducciones de estos sitios? Sin duda, la soledad y, tal vez, el ser humano. Para cierta raza de hombres, el ser humano en todos los lugares donde es bello es una amarga patria. Oran es una de sus mil capitales.