El verano
El verano Por eso es indecente proclamar hoy que somos hijos de Grecia. A menos que seamos hijos renegados. Colocando la historia en el trono de Dios, avanzamos hacia la teocracia tal como hacÃan aquellos a quienes los griegos llamaban bárbaros y combatieron a muerte en las aguas de Salamina. Si se quiere captar bien la diferencia, hay que volverse hacia el filósofo de nuestro ámbito que es verdadero rival de Platón. «Sólo la ciudad moderna —se atreve a escribir Hegel— ofrece al espÃritu el terreno en el que puede adquirir conciencia de sà mismo». Vivimos, asà pues, en el tiempo de las grandes ciudades. Deliberadamente, el mundo ha sido amputado de lo que constituye su permanencia: la naturaleza, el mar, la colina, la meditación de los atardeceres. Sólo hay conciencia en las calles, porque sólo en las calles hay historia, ése es el decreto. Y como consecuencia, nuestras obras más significativas dan fe de esa misma elección. Desde Dostoievski, uno busca en vano los paisajes en la gran literatura europea. La historia no explica ni el universo natural que habÃa antes de ella ni la belleza que está por encima de ella. Ha elegido ignorarlos. Mientras que Platón lo contenÃa todo —el sinsentido, la razón y el mito—, nuestros filósofos no contienen más que el sinsentido o la razón, porque han cerrado los ojos al resto. El topo medita.