El verano
El verano El propio desierto ha adquirido sentido: lo han recargado de poesía. Es un lugar sagrado para todos los dolores del mundo. Pero, en ciertos momentos, el corazón pide precisamente lugares sin poesía. Descartes, para ir a meditar, elige su propio desierto: la ciudad más comercial de su época. En ella encuentra su soledad y la ocasión para el que es quizá el más grande de nuestros poemas viriles: «Consistía el primero (precepto) en no admitir como verdadera cosa alguna sin conocer con evidencia que lo era». Se puede tener menos ambición y la misma nostalgia. Pero Amsterdam, en tres siglos, se ha llenado de museos. Para escapar de la poesía y encontrar la paz de las piedras, se necesitan otros desiertos, otros sitios sin alma y sin recursos. Oran es uno de ellos.