Escritos libertarios

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No niego que, en estos últimos años, he frecuentado sobre todo a Bakunin a través de los trabajos que Brupbacher le ha dedicado. Pero no se trata solamente, en este caso, de las escasas treinta páginas del prefacio de Brupbacher a la Confesión, sino también de su obra sobre Marx et Bakounine, de la que he traducido algunos capítulos esenciales para unirlos a la recopilación en francés de los escritos brupbachirianos que, con el título de Socialisme et liberté, se publicarán en otoño en La Baconnière. Aunque no dudo ni por un instante de que Leval ha estudiado con seriedad y conciencia las obras de Bakunin, por otra parte no estoy menos convencido de que, en sus investigaciones sobre el gran ruso, Brupbacher, fiel en esto a su honestidad de espíritu acostumbrada, no ha dejado de aportar conciencia y seriedad, tanto más cuanto que, lejos de buscar en Bakunin algo que refuerce el anticientifismo que Leval parece atribuir al médico de Zúrich, este habría tenido más bien tendencia a exagerar las virtudes del carácter racionalista y científico, siguiendo por entero la tradición de los enciclopedistas, una tradición de la que podemos incluso pensar que apreció durante casi demasiado tiempo. Por lo demás, como le escribí a Leval, Témoins se congratularía de acoger las observaciones y críticas, seguramente de lo más cualificado, con las que podría considerar útil esforzarse por aportar una imagen de Bakunin, según él, conforme con la realidad. Por otra parte, no crea, añadiría ahora, que Brupbacher y yo vemos en Bakunin a un «fantasista». El talento bakuniano es de otro tipo de grandeza. De un tipo de grandeza que —ocurre precisamente con algunos hombres de talento, por no decir con todos— escapa a las clasificaciones estrictas. La prueba es que, si bien Camus, en efecto, ha reconocido (véase Actuelles II) lo bien fundado de las objeciones que le dirigió Leval, no dejó de escribirme otras, a propósito de lo que le había expuesto sobre el sentimiento de Bakunin respecto a «la ciencia» considerada como una instancia «autoritaria»: lo que usted dice es cierto. Dicho esto, reconoceré a Leval que, incluso en su largo estudio sobre Bakunin y Marx, Brupbacher, en su legítima protesta contra la idolatría de la ciencia en el segundo, se vio inducido a poner el acento, por oposición, en lo referente a Bakunin, en la espontaneidad de quien él llamaba el «demonio de la revuelta», un término que, por supuesto, a los ojos de Brupbacher, representaba el mayor de los cumplidos. ¿Forzó las cosas? Es posible que, con los textos en la mano, se pueda demostrar; pero como revolucionario y psicólogo, Brupbacher también sabía leer los textos entre líneas. Es peligroso, pero a veces indispensable, sobre todo cuando se trata de uno de estos seres que, como Bakunin —el Bakunin de la libertad incondicional y el del programa archiautoritario de la revolución de Praga—, fueron como el punto de encuentro, la encrucijada de la mayor fe social y del espíritu de destrucción. Así pues, le corresponde a Leval, cuando quiera, decirnos si piensa que yo, o más bien que Brupbacher se equivocaba. Pero hay un punto sobre el que le daría enseguida la razón. No, no fue muy afortunado por mi parte hablar de bergsonismo (anticipado) a propósito de Bakunin, tanto para la comprensión del verdadero Bakunin como del verdadero Bergson. Habría sido mejor hablar de cierto romanticismo. Lo que, en realidad, no implica, ¡en absoluto!, necesariamente condena.


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