Escritos libertarios

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Al cabo de dos años, a pesar de sus editoriales y sus intercambios de pluma con Le Figaro —cada día había una respuesta a François Mauriac—, tuve la sensación de que pensaba: «Esto no ha servido para nada». Antes de que nos separáramos en el bar, le dije: «Das la impresión de estar decepcionado». En sus editoriales, hablaba con el corazón mucho más que con la pluma. Nuestras relaciones, desde el punto de vista del delegado, eran estupendas, no había discusiones, reinaba siempre una profunda amistad y comprensión, comprendía realmente todos los problemas del libro, se había identificado, estaba al tanto de todo. Podía hablar con cualquiera, todo el mundo lo abordaba, no había ninguna restricción para hablarle. No era el señor al que se duda en dirigir la palabra como con otro redactor jefe; era «hola Albert», no teníamos ningunas ganas de llamarlo «señor director». Siempre estaba de un humor regular, nunca observé ningún cambio de humor por su parte, ni siquiera cuando las cosas no iban demasiado bien, porque no siempre van bien las cosas en un periódico, nunca lo vi enfadado, siempre estaba tranquilo, un camarada encantador, era un amigo al que se le podía confiar todo.

ROBERT: Tampoco se había olvidado de sus orígenes, era modesto en cualquier situación… ¿Nuestro camarada Lemaître lo conoció en las mismas circunstancias que Lemoine?


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