Escritos libertarios
Escritos libertarios No olvidaré los encuentros que tuve con él en aquellos días ya lejanos en los que hacíamos campaña, en las columnas de Solidaridad Obrera, por la liberación de los españoles antifascistas secuestrados en Karagandá. Su independencia de juicio le permitió, en aquella ocasión, fustigar a D’Astier de la Vigerie, que, con el pretexto de los horrores del falangismo, quería excusar el oprobio moscovita. Asimismo, reprendió a Gabriel Marcel, descontento con El estado de sitio y que quiso justificar el régimen de Franco señalando que el de Stalin era peor. En este terreno, Albert Camus no admitía vacilaciones; tenía un carácter desbordante de franqueza y sin el menor desfallecimiento. Los diletantes o los compañeros de viaje que pretendieron despreciarlo no fueron capaces de comprender su pensamiento y todavía menos de compararse con él. Porque, tanto para las campañas de apoyo —la de la huelga general de Barcelona—, como para la agitación —el caso de los militantes anarquistas condenados a muerte—, o para la protesta —la que precedió a la entrada de España en la Unesco—, Albert Camus siempre fue el primero, el verdadero, el indispensable animador.