Juvenilia

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XVI

Estudiábamos seriamente en el Colegio, sobre todo los tres meses que precedían los exámenes, en los que el gimnasio y los claustros perdían su aspecto bullicioso para no dejar ver sino pálidas caras hundidas en el libro, pizarras llenas de fórmulas algebraicas y en los rincones pequeños Sócrates ocupados en discutir con los ateos venidos, no ya de Jonia, sino de los Andes o del Aconquija. Los exámenes eran duros, y sabíamos que serían tomados por profesores de la Universidad.

Ahora bien; entre el Colegio y la Universidad existía el mismo antagonismo, la misma lucha que entre los discípulos de Guillermo de Champeaux y los de Abelardo, la misma emulación que entre Oxford y Cambridge. Despreciábamos esos petimetres que iban paquetes al aula una vez por mes, a hacer barullo en las clases de Larsen o Gigena, y que no leían sino el Balmes o el Gérusez, mientras nosotros nos alimentábamos de la médula del león del eclecticismo (!).

A más, ¿por dónde la Universidad era capaz de presentar un cuadro de aventuras, de diabluras, como las que ilustraban los anales del Colegio?


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