Juvenilia
Juvenilia Esto era en diciembre; en marzo arremetí de nuevo; pasé regular, con recomendación de mayor estudio para el año venidero, e ingresé en la famosa clase de latín, donde Pirovano hacía sus raras y memorables apariciones. Nada más soberbio que los diálogos que se entablaban entre él y Larsen.
Era en vano que Larsen interrogara a Pirovano sobre el I, II, IV o VI libro de la Eneida, sobre el de Viris o el Epitome; Pirovano sabía un solo verso de memoria, ordenado y traducido, que amaba con pasión y que lanzaba con una voz eufónica cada vez que Larsen pulsaba su erudición: «¡Amor insano Pasiphaë!».
De ahí no salía, sino a la calle.
Es al doctor Larsen a quien el pueblo de Buenos Aires debe el tener ese médico que le honra. Harto de Pirovano y para verse libre de él, le hizo pasar contra viento y marea en el examen de primer año, en el que hubiera quedado eternamente; tal era su afición al Nebrija.