Juvenilia
Juvenilia Al fin, un rayo de luz hirió mis ojos o la reminiscencia inconsciente del enfermero del Colegio vino a golpear en mi memoria. Vi marchar de perfil a BuendÃa y, ahogando un grito me despedà de prisa y corrà en busca de Sáenz Peña, a quien encontré tendido en una cama, silencioso y meditando, sin duda alguna, en el insoluble problema.
Medio sofocado, grité desde la puerta:
—¡Roque!… ¡Encontré!
—¿Qué?
—BuendÃa…
—¡Acaba!
—¡Es flaco y barrigón!
No añadiré una palabra más; si alguno de los que estas lÃneas lean ha observado un hombre de esas condiciones, habrá, sin duda, sentido las mismas vacilaciones y dudas. Tal vez él, menos feliz, no ha encontrado la clave del secreto, que le abandonó generosamente.