Juvenilia
Juvenilia Todo eso, entrecortado por la fatigosa respiración. El buen compañero había robado uno de los caballos del quintero y por hacernos un servicio se había puesto en camino por entre barriales espantosos, pues los últimos días había llovido copiosamente. No había tiempo que perder y era necesario ponernos en marcha sin demora. El viejo nos ofreció su caballo, cuyas formas aéreas revelaban una dieta de treinta y seis horas por lo menos; se lo aceptamos agradecidos y tratamos de organizar la partida. Éramos siete en todo; dos treparon en las ancas del compañero que nos había traído el aviso, después de darle tiempo a que absorbiera una botella de cerveza íntegra, y los otros cuatro procuramos arreglarnos sobre el caballo del viejo que a todo trance pedía luz, como Goethe moribundo. Larrea, por darse tono delante de la chinita y sosteniendo que conocía una senda por donde nos llevaría sin embarrarnos, tomó la dirección, colocándose gravemente en la cruz. Detrás de él, un condiscípulo sumamente grueso; en seguida, Eyzaguirre, y allá, al fondo, en el remoto extremo, precisamente en aquel plano inclinado que parece una invitación a resbalarse por la cola, yo, prendido de Eyzaguirre, como un mono a una reja.