Juvenilia
Juvenilia Al primero que vi fue a Horacio Varela tranquilo, sonriendo y apoyado en sus muletas. Así que me conoció me pidió que fuera inmediatamente a su casa a avisar a la familia que no volvería hasta tarde, que no temieran, etc. «Pero no puedo salir, Horacio; no me dejan». La verdad era que había trabajado tanto por llegar a mi punto de observación y esperaba que en aquel patio tuvieran lugar cosas tan memorables, que lanzaba ese pretexto harto plausible, para quedarme allí: «Un estudiante a quien no dejan salir. ¡Pobrecito! ¿Entonces ustedes ya no saben escaparse?». Yo habría podido contestar que lo hacía con una frecuencia que me ponía a cubierto de semejante reproche; pero preferí la acción y desaparecí. Me escapé con éxito, corrí a casa de Horacio, tranquilicé a la familia, volví al Colegio y, jadeante, extenuado, ocupé nuevamente mi sitio de observación, de donde di cuenta a Horacio de mi misión. En ese momento un gran número de diputados salieron al patio; muchos abrazaban a un hombre calvo, de muy buena cara, con una gran barba negra, el cual, después, supe había sido miembro informante, desplegando una serenidad de ánimo admirable. Era el doctor don Manuel Arauz, a quien debíamos todos tener más tarde tanto cariño bajo el apodo afectuoso de Viejo Laguna.