Juvenilia
Juvenilia Es tiempo ya de dar fin a esta charla, que me ha hecho pasar dulcemente algunas horas de esta vida triste y monótona que llevo. Pero al concluir me vienen al espÃritu los últimos tiempos pasados en la prisión claustral cuando ya la adolescencia comenzaba a cantar en el alma y se abrÃa para nosotros de una manera instintiva un mundo vago, desconocido, del que no nos dábamos cuenta exacta pero que nos atraÃa secretamente. No nos lo confesábamos al principio unos a otros; la vida de reclusión, las lecturas disparatadas y sin orden, el alejamiento de la familia, de la sociedad y, sobre todo, cierto prurito de estudiantes, nos inclinaban a un escepticismo amargo y sarcástico, ante el cual no habÃa nada sagrado. Éramos ateos en filosofÃa y muchos sostenÃamos de buena fe las ideas de Hobbes. Las prácticas religiosas del Colegio no nos merecÃan siquiera el homenaje de la controversia; las aceptábamos con suprema indiferencia.
En una confesión general, sin embargo, tuve la veleidad de resistirme. Obligado a ir al confesionario dije abiertamente al sacerdote que estaba tras de la reja que no creÃa una palabra de esas cosas y que, por tanto, era de su deber no obligarme a mentir. El confesor dio cuenta inmediatamente: fui llamado, insistà y recogà por premio a mi lealtad de conciencia pasar en el encierro los tres dÃas de comilonas y huelgas que sucedÃan a la comunión.
