Juvenilia

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XXX

Es tiempo ya de dar fin a esta charla, que me ha hecho pasar dulcemente algunas horas de esta vida triste y monótona que llevo. Pero al concluir me vienen al espíritu los últimos tiempos pasados en la prisión claustral cuando ya la adolescencia comenzaba a cantar en el alma y se abría para nosotros de una manera instintiva un mundo vago, desconocido, del que no nos dábamos cuenta exacta pero que nos atraía secretamente. No nos lo confesábamos al principio unos a otros; la vida de reclusión, las lecturas disparatadas y sin orden, el alejamiento de la familia, de la sociedad y, sobre todo, cierto prurito de estudiantes, nos inclinaban a un escepticismo amargo y sarcástico, ante el cual no había nada sagrado. Éramos ateos en filosofía y muchos sosteníamos de buena fe las ideas de Hobbes. Las prácticas religiosas del Colegio no nos merecían siquiera el homenaje de la controversia; las aceptábamos con suprema indiferencia.

En una confesión general, sin embargo, tuve la veleidad de resistirme. Obligado a ir al confesionario dije abiertamente al sacerdote que estaba tras de la reja que no creía una palabra de esas cosas y que, por tanto, era de su deber no obligarme a mentir. El confesor dio cuenta inmediatamente: fui llamado, insistí y recogí por premio a mi lealtad de conciencia pasar en el encierro los tres días de comilonas y huelgas que sucedían a la comunión.


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