Juvenilia
Juvenilia El pariente tenía felizmente un palco bajo y oscuro de la ochava; llamé, me resistí con energía a las sillas de adelante y acurrucándome en el fondo lancé una mirada investigadora a la platea. Yo sabía que el vicerrector era un melómano decidido; en efecto, a poco le descubrí en las tertulias. De un lado cierta irritación por su presencia mientras nos confinaba en el claustro tan cruelmente, y de otro el temor que me descubriese, me agitaron de momento. Pero bien pronto todo desapareció y la luz, la música, ese curioso y penetrante ambiente de los teatros de buen tono, la proximidad de una criatura bella, que estaba en el palco, sus ojos dulces como un pedazo de cielo, su voz tímida y armoniosa, aquel color diáfano, transparente, sombreado a cada instante por ese tenue velo de púrpura, esa emanación exquisita de la pureza, de la inocencia y de la gracia, que subyuga en todas las edades, todo en un encanto misterioso, se apoderó de mí por completo. Quince años han pasado sobre mi cabeza desde aquella noche, quince años bien llenos y agitados: pasarán veinte más y no perderé ese recuerdo suave y melancólico, que trae a mi alma la impresión fresca de las primeras emociones puras de mi juventud. Sonrío a veces al recordar mi idilio adolescente, los entusiasmos de mi espíritu, ese estado de sensibilidad enfermiza, la necesidad imperiosa que sentía de hacer versos, mi desesperación por no poder medir una cuarteta, las páginas enteras desgarradas con desaliento, las cartas ideales, que jamás debían llegar a su destino, en las que derramaba todos mis sueños y esperanzas. La veía en todas partes, en todas la buscaba. Me parecía inútil obtener su cariño; el mío me bastaba, me llevaba, me daba intensidad al espíritu, fuerza a mi voluntad, brillo a la imaginación, nobleza al corazón. Cambié de carácter; fui dulce, afable, perdí la ironía amarga con mis compañeros, dejé en paz los ridículos ajenos; me observaba, me corregía, me mejoraba…