Juvenilia
Juvenilia Me lancé a todos los viejos rincones conocidos, y al pasar bajo las bóvedas del claustro, se levantaban mis recuerdos, obedientes a una evocación simpática. AquÃ, me decÃa, el buen Cosson, tan afectuoso, tan justo, nos leÃa las elegÃas de Gilbert con un entusiasmo sincero, o nos recitaba la tirada de Théramène, sin mirar el libro; aquà fue donde el profesor Rossetti, encantado de mi exposición, me predijo que serÃa un ingeniero distinguido, si perseveraba en las matemáticas, para las que habÃa nacido; en aquel banco expuse a Puiggari mi deplorable conferencia sobre el iodo, que destruyó todas las esperanzas de verme convertido en un Lavoisier; en este sitio memorable fui sostenido por M. Jacques, cuando habiendo sido llamado a dar examen de francés ante el doctor Costa, ministro de Instrucción Pública, me tocó en suerte traducir a primera vista el Incendio de Moscou, de M. de Segur, y me trabé en descomunal batalla con Larsen sobre la significación de la palabra tôle; aquà Jacques me dijo que era un imbécil, pero que tenÃa razón, cuando sostuve con él, en una discusión con un compañero, que este tÃtulo de un capÃtulo de La Bruyére: Les esprits forts, no debÃa traducirse por «Los espÃritus fuertes»; en aquel rincón me batà una tarde con denuedo contra un muchacho Arriaza, quien, si bien sacó del combate la nariz demolida y con una forma pintoresca, me dejó ciego por una semana; en este escaño se sentaba mi madre, me tomaba las manos, me acariciaba con sus ojos llenos de lágrimas, me apretaba contra sÃ, y al fin, cuando la noche caÃa y era necesario separarnos, me dejaba su alma en un beso… y diez pesos en la mano, que yo corrÃa a convertir en cigarros en la porterÃa; aquà fue donde el padre Argüello pilló al alba a Adolfo SaldÃas que volvÃa de una escapada, y a la luz de la luna, que entraba por los cristales del gimnasio, lo hizo arrodillar en el claustro helado y pedir perdón de su delito, mientras yo, con el mate en la mano y tras la puerta entreabierta del dormitorio del anciano, contemplaba el cuadro, poniendo la ausente barba en remojo; he aquà el cuarto famoso donde fue introducida por engaño la sirvienta que traÃa la ropa limpia al mono Latorre sufriendo las excesivas galanterÃas de los circunstantes, mientras el referido mono, amarrado al pie de un lecho, ofrecÃa el espectáculo confuso de un sátiro enardecido llorando a lágrima viva…