Juvenilia
Juvenilia Más tarde dictaba una cátedra de historia en la Universidad. Muchas veces, al final de mi conferencia, notaba en las caras de mis discípulos, siempre cultos y atentos conmigo, una ligera expresión de cansancio que me contagiaba. Era una época en que vivía agobiado por el trabajo; a más de mi cátedra, dirigía El Correo, pasaba un par de horas diarias en el Consejo de Educación, y, sobre todo, redactaba El Nacional, tarea ingrata, matadora, si las hay. Así solía llegar a la clase fatigado, y cuando el tema no era interesante, mi palabra salía pálida y difícil. ¡Pero la campana del Colegio Nacional estaba allí! Desde el aula la oía fácilmente y a sus primeros ecos recordaba mis horas de estudiante, el ansioso anhelo por salir de clase, miraba a mis alumnos fatigados y cortaba familiarmente la conferencia. En otras ocasiones el eco de la campana me servía de excitante, y si alguna vez salieron mis discípulos contentos, ignoraban que lo debían al vago sonido que me traía los más dulces recuerdos de mi infancia, mis ambiciones de estudiante, mi esfuerzo por ocupar el primer puesto y la memoria del gran maestro que nos hizo amar el estudio y la ciencia.