Juvenilia
Juvenilia El segundo obstáculo insuperable fue la comida; invariable, igual, constante. En los primeros tiempos, apenas entrábamos al refectorio, un alumno trepaba a una especie de púlpito y asà que atacábamos la sopa, comenzaba con voz gangosa a leernos una vida de santo o una biografÃa de la GalerÃa Histórica Argentina, siendo para nosotros obligatorio el silencio y, por tanto, el fastidio.
No puedo vencer el deseo de dar una idea sucinta del menú; le tengo fijo, grabado en el estómago y el olfato. Dentro de un lÃquido incoloro, vago, misterioso, algo como aquellos caldos precipitados que las brujas de la Edad Media hacÃan a medianoche al pie de una horca con un racimo, para beberlo antes de ir al sabbat, navegaban audazmente algunos largos y pálidos fideos. Un mes llevé estadÃstica; habÃa atrapado tres en treinta dÃas, y eso que estaba en excelentes relaciones con el grande que servÃa, médico y diputado hoy, el doctor Luis Eyzaguirre, uno de los tipos más criollos y uno de los corazones más bondadosos que he conocido en mi vida.
Luego, siempre flotando sobre la onda incolora, pero siquiera en su elemento, venÃa un sábalo, el clásico sábalo que muchas veces, contra nuestro interés positivo, habÃa muerto con dos dÃas de anticipación.
