Juvenilia
Juvenilia Más de una noche me he recordado en el sofá al alcance de su mano, donde me tendía vestido; me daba una palmadita en la cabeza y me decía con voz impregnada de cariño: «Duerme, niño, todavía no es hora». La hora eran las cinco de la mañana, en que pasábamos a una pieza contigua, hacíamos fuego en un brasero, siempre con leña de pino, y le cebábamos hasta las siete. Luego nos decía: «Ve a tal armario, abre tal cajón y toma un plato que hay allí. Es para ti». Era la recompensa, el premio de la velada, y lo sabíamos de memoria: un damasco y una galletita americana, que nos hacía comer pausada y separadamente; el damasco, último.
Jamás se nos pasó por la mente la idea de protestar contra aquella servidumbre; tenía esa costumbre tal carácter afectuoso, patriarcal, que la considerábamos como un deber de hijos para con el padre viejo y enfermo.
Sólo uno que otro desaforado aprovechaba el sueño del anciano, durante su velada de turno, ya para escaparse, ya para darse una indigestión de uvas, trepando como un mono a las ricas parras del patio.
El doctor Agüero fue un hombre de alma buena, pura y cariñosa; sobrevivió muy pocos meses a su separación del Colegio, y hoy reposa en paz bajo las bóvedas de la Catedral de Buenos Aires.