Juvenilia
Juvenilia Otra vez Corrales… No puedo resistir al deseo de presentar a mi condiscípulo Corrales. Es uno de esos tipos eternos del internado, que todo aquel que haya pasado algunos años dentro de los muros de un colegio reconocerá a primera vista.
Es el cabrión, el travieso, el mal estudiante, el reo presunto de todas las contravenciones, faltas y delitos.
De un espíritu lleno de iniciativa, inventando a cada instante una treta nueva para burlarse del maestro o procurarse alguna satisfacción, gritando como veinte en el recreo, dejando grabado su nombre en todas las mesas, gracioso, chispeante en la conversación, llena de sal gruesa de colegio, es al mismo tiempo incapaz de aprender, de asimilarse una noción científica cualquiera.
Corrales inventaba trampas, aparatos para robar uvas, lazos corredizos admirables para tomar delicadamente del cuello, desde una altura de diez metros, las botellas simétricamente colocadas sobre una mesa, en el patio del cura de San Ignacio, sobre el que daban las ventanas de algunos dormitorios, botella que su dueño destinaba a festejar la fiesta del patrono.
Corrales sabía abrirse la puerta del encierro sin fractura visible, pero Corrales jamás pudo comprender ni creer que el valor de los ángulos se midiera por el espacio comprendido entre los lados y no por la longitud de éstos.
