Juvenilia
Juvenilia Jacques llegaba indefectiblemente al Colegio a las nueve de la mañana; averiguaba si había faltado algún profesor, y en caso afirmativo, iba a la clase, preguntaba en qué punto del programa nos encontrábamos, pasaba la mano por su vasta frente como para refrescar la memoria y en seguida, sin vacilación, con un método admirable, nos daba una explicación de química, aritmética, álgebra, geometría descriptiva o analítica, retórica, historia, literatura, ¡hasta latín! El único curso, de todo aquel extenso programa, que no le he visto dictar por accidente, era de inglés, dado por mi buen amigo David Lewis, que nos hacía leer a Milton y a Pope, a Addison, y a todos los buenos prosistas del Spectator.
Debe estar fija en la memoria de mis compañeros aquella admirable conferencia de M. Jacques, sobre la composición del aire atmosférico.
Hablaba hacía una hora, y, ¡fenómeno inaudito en los fastos del Colegio!, al sonar la campana de salida, uno de los alumnos se dirigió arrastrándose hasta la puerta, la cerró para que no entrara el sonido y por medio de esta estratagema, ayudada por la preocupación de Jacques, tuvimos media hora más de clase. Había venido de buen humor aquel día y su palabra salía fácil, elegante y luminosa.
