Juvenilia

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Antes de su entrada, las pasiones políticas que habían agitado a la República desde 1852 se reflejaban en las divisiones y odios entre los estudiantes. Provincianos y porteños formaban dos bandos cuyas diferencias se zanjaban a menudo en duelos parciales.

Los provincianos eran dos terceras partes de la totalidad en el internado, y nosotros, los porteños, ocupábamos modestamente el último tercio; eran más fuertes, pero nos vengábamos ridiculizándolos y remedándoles a cada instante.

Habíamos pillado un trozo de diálogo entre dos de ellos, uno que decía, con una palangana en la mano: «Agora no más lo vo a derramar», y el otro que contestaba con voz de tiple: «¡No la derramís!».

Lo convertimos en un estribillo que los ponía fuera de sí, como los rebuznos del uno y del otro alcalde de la aldea de Don Quijote.

Eran mucho más graves, serios y estudiosos que nosotros.

Con igualdad de inteligencia y con menor esfuerzo de nuestra parte obteníamos mejores clasificaciones en los exámenes. El fenómeno consistía simplemente en nuestra mayor viveza de imaginación, desparpajo natural y facilidad de elocución.


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