Apócrifos
Apócrifos Ante la cueva reinaba un profundo silencio. Los hombres habían partido muy temprano, saludando con las flechas, en dirección a Blansko o Rájec, donde habían advertido huellas de una manada de antas. Mientras tanto, las mujeres recogían por el bosque bayas de arándanos y, de vez en cuando, se oían sus gritos y parloteo escandalosos. Los niños preferían zambullirse en el riachuelo, que corría más abajo. Y además, ¿quién era capaz de vigilar a aquellos granujas, ralea de vagabundos medio salvajes? Y el viejo hombre prehistórico, López, cabeceaba en medio de este silencio extraordinario, al moderado sol de octubre. Para ser más exactos, roncaba y le silbaban las narices, pero hacía como si no durmiera y más bien vigilase la cueva de la tribu y reinara sobre ella, como corresponde a un viejo caudillo.
