Apócrifos
Apócrifos Esta historia serÃa de mucho más efecto si su heroÃna fuese la hija de Diocleciano u otro ser joven y virgen. Pero por desgracia, y por cuestiones de verdad histórica, se trata de la hermana de Diocleciano, respetable matrona ya entrada en años y, según la opinión del César, algo histérica y exagerada, a la que hasta cierto punto temÃa el viejo tirano. Por ello, cuando se la anunciaron, interrumpió la audiencia con el gobernador de Cirenaica —al que con fuertes palabras le daba a entender su descontento—, y salió a recibirla hasta la puerta.
—¿Qué hay, Antonia? —le dijo en tono jovial—. ¿Qué deseas? ¿Te embarga de nuevo alguna pena? ¿Quieres que tome medidas para evitar que martiricen a las fieras en el circo? ¿O quisieras emprender la educación de mis legiones? Venga, pide por esa boca y siéntate.
Pero Antonia se quedó de pie.
—Diocleciano —empezó en un tono solemne—, debo decirte una cosa.
—¡Aja...! —exclamó el César resignado y se rascó la nuca—. Pero, por Job, precisamente ahora que tengo tanto trabajo... ¿No podrÃas dejarlo para otro rato?
—Diocleciano —continuó inflexible la matrona—, vengo a decirte que ya debes terminar de una vez con la persecución de los cristianos.
