Apócrifos
Apócrifos Por la mañana llegó un mensajero del lindero del bosque con la noticia de que se había visto al anochecer un resplandor rojizo hacia el Sudeste. Aquel día había caído de nuevo una llovizna fría. Los troncos, mojados, no querían arder; tres personas del grupo escondido en la hondonada murieron de disentería. Como ya no había qué comer, dos hombres partieron hacia los linderos del bosque en busca de los pastores. Volvieron al anochecer, mojados y terriblemente extenuados. Con dificultad lograron decir que la situación era mala; las ovejas morían y las vacas se hinchaban. Los pastores se les habían echado encima con porras y cuchillos cuando uno de ellos quiso llevarse un becerrito que les había confiado antes de esconderse al bosque.
—Recemos —dijo el cura que sufría de disentería—. Dios se apiadará de nosotros.
—Kriste eleison —clamó en voz alta todo el abatido grupo. En aquel instante estalló una ruidosa discusión entre las mujeres por unos trapos de lana.
—¡Otra vez esas malditas abuelas! —gritó el alcalde, y fue a sacudirlas con el látigo. Así disminuyó la tensión suscitada y los hombres empezaron a sentirse hombres de nuevo.
—Aquí no llegarán esos yegüeros —dijo uno de barbas—. ¡Qué va! A esta hondonada y bajo estos arbustos... Dicen que tienen unos caballos pequeños y enjutos como cabras.
