Apócrifos
Apócrifos Un famoso experto y erudito llamado Procopio, entusiasta coleccionista y admirador del arte bizantino, se presentó un día en el Monasterio de San Simón para hablar con el padre prior, llamado Nicéforo. Nuestro visitante, muy excitado, paseaba por los pasillos del santo lugar.
«Bonitos remates de pilar tienen aquí —se decía—; seguramente serán del siglo V. Solamente Nicéforo nos puede ayudar, tiene gran influencia en la Corte y en su tiempo fue pintor. ¡Y no era mal pintor ese vejete! Recuerdo que diseñaba bordados para la emperatriz y le pintaba iconos. Por eso le hicieron abad de este Monasterio cuando las manos se le agarrotaron a causa de la artritis, hasta el punto de no poder sostener un pincel con ellas. Y, según dicen, su palabra aún tiene valor en la Corte. ¡Cristo Jesús! Esa sí que es una cabeza hermosa. Sí, Nicéforo ayudará. Ha sido una suerte que nos acordáramos de Nicéforo.»
—Bienvenido, Procopio —oyó decir tras de sí a una voz blanda.
Procopio se volvió bruscamente. Ante él estaba un sonriente y seco viejecito, con las manos escondidas en las mangas.
—Un hermoso remate de pilar, ¿no es cierto? —dijo—. Viejo trabajo de Naxon, amigo.
Procopio besó la manga del abad.
