Apócrifos
Apócrifos La gente que habÃa en la Plaza de San Marcos, apenas se volvió cuando los esbirros llevaban a aquel viejecito ante el Dux. Estaba muy agotado y sucio, se hubiera dicho que era un ladrón del puerto.
—Este hombre —anunció el vicegerente ante el trono del Dux—, dice que se llama Giovanni Pialho, mercader de Lisboa. Asegura que era propietario de un barco que, con toda la tripulación y mercancÃa, cayó en poder de los piratas argelinos. Cuenta que consiguió escapar de las galeras y que podrÃa hacer a la República de Venecia un extraordinario servicio. Qué clase de servicio es, dice que lo puede confiar solamente al Dux en persona.
El viejo Dux miró atentamente con sus ojos de pájaro al erizado vejete.
—Asà que tú —dijo finalmente— dices que has trabajado en las galeras.
El hombre a quien se dirigÃa, en lugar de hablar señaló sus sucios tobillos; estaban hinchados a causa de los grilletes.
—Y la espalda —añadió—, la tengo llena de cicatrices, SeñorÃa. Si deseáis, os la enseñaré.
—No, no —respondió rápidamente el Dux—. No es necesario. ¿Qué querÃas decirme?
El harapiento hombrecillo irguió la cabeza:
—Dadme barcos, SeñorÃa —dijo con voz clara— y los llevaré a Ofir, tierra del oro.
