Apócrifos
Apócrifos La muerte de la desventurada doña Elvira había sido vengada. Don Juan Tenorio yacía con el pecho atravesado, en la Posada de las Reinas y moriría seguramente. “Enfisema pulmonar —había dicho el médico del lugar—. Algunas personas podrían salir con vida de esto, pero un caballero tan agotado como Don Juan... Es muy difícil, Ciutti. Si quieres que te diga la verdad no me gusta nada su corazón. Claro, eso se comprende. Después de tantos excesos “in venere’’... Un caso claro de astenia, señores. Yo, para más seguridad, llamaría al cura, Ciutti. Quizá se reanime todavía, aunque en la actual situación de la ciencia..., no sé. Tengo el honor de saludarles, caballeros.”
Y así fue como el padre Jacinto se sentó a los pies de Don Juan, en espera de que el paciente recobrase el conocimiento. Mientras, rezaba por su alma notoriamente pecadora. “Si yo consiguiera salvar a este endiablado pecador -—pensaba el buen padre—, parece que está bien deshecho... Quizá esto doblegue su soberbia y lleve sus pensamientos hacia la penitencia. Esto no le ocurre a cualquiera el tener en sus manos un famoso e irresponsable libertino. ¡Caramba! Un
caso tan extraordinario quizá no le haya tocado en suerte ni al mismo obispo de Burgos. La gente murmurará a mi paso: Mirad, ese es el padre Jacinto, el que salvó el alma de Don Juan.”
