Apócrifos
Apócrifos El joven noble inglés Oliver Mendeville, que se había detenido en viaje de estudios en Italia, recibió en Florencia la noticia de que su padre, Sir William, había abandonado este mundo. Con gran pesar y abundantes lágrimas se despidió Sir Oliver de la señorita Magdalena, jurándole que volvería lo antes posible. Luego, acompañado de su criado, se puso en camino de Genova.
El tercer día de su viaje les pilló un fuerte aguacero, precisamente cuando llegaban a una especie de refugio. Sir Oliver detuvo su caballo bajo un viejo olmo.
—Paolo —dijo su criado—, entérate si no hay por aquí algún albergue donde podamos refugiarnos hasta que pare la lluvia.
—En lo que respecta a criado y caballo —se oyó una voz sobre su cabeza—, el albergue está ahí al volver la esquina; pero usted, caballero, honraría mi parroquia si se refugiase bajo su humilde techo.
Sir Oliver se quitó su ancho sombrero y se volvió hacia la ventana, desde la que le sonreía un gordo y viejo cura.
—Vuestra señoría reverendísima —dijo respetuosamente— muestra una gran amabilidad a un extranjero que abandona el bello país de ustedes rebosante de agradecimiento, por todo lo bueno con que fue tan pródigamente obsequiado.
