Apócrifos
Apócrifos Era de noche y los hombres de Acaya, sentados alrededor de la hoguera, se acercaron todavÃa más a ella.
-Esa carne de carnero estaba otra vez que daba asco —exclamó Tersites hurgándose los dientes—. Me extraña a mÃ, aqueos, que os lo traguéis todo. ApostarÃa a que ellos tuvieron para cenar, por lo menos, corderillos tiernos. Pero, ¡claro está!, para viejos soldados como nosotros, el carnero maloliente es mas que suficiente. ¡Cuando recuerdo la hermosura de carneros que hay en nuestra Grecia!
—Déjate de romances —gruñó papá Eupator—. La guerra es la guerra; ya se sabe...
—Guerra... Por favor, ¿a qué llamas tú guerra? ¿Al hecho de que pronto hará diez años que vegetamos aquà por nada y para nada? Muchachos, yo os diré lo que ocurre: No se trata de guerra alguna, sino de que los señores estrategas[2] y dignatarios hicieron una excursión a cuenta del Estado. Y nosotros, viejos soldados, tenemos que quedar embobados viendo como cualquier mequetrefe, mocoso y niño mimado, deambula por los campos y presume con su escudo. Asà es la cosa, ¡caramba!
—¿Te refieres a Aquiles? —dijo el joven Laomedonte.
